Pedaleaba de vuelta a la estación de tren de Catarroja. La mañana en el Tancat de la Pipa, en el Parque Natural de l´Albufera, había sido muy amena. No sólo había estado anillando pájaros, sino que además me reuní con muchos buenos compañeros de afición que hacía tiempo que no veía. Dado que el trayecto de vuelta en bicicleta y tren es más largo que en coche, fui el primero de mis compañeros en salir de la reserva para volver a casa. Embutido en muchas prendas para vencer el frío otoñal, disfrutaba del trayecto y de su paisaje: arrozales anegados de agua, cristalinos, como grandes espejos en el suelo; decenas y decenas de garzas de varias especies, cormoranes y bandos de estorninos, entre otras aves, amenizaban mi viaje.
Casi eran las 13:30. Avanzando por un tramo de carretera que discurre paralelo a uno de los muchos canales de la zona pude ver frente a mí un aguilucho. No, eran dos rapaces. Dos aguiluchos laguneros, majestuosas rapaces diurnas que abundan en esta época por la marjal y las lagunas. Tras varios años de afición yo, como muchos colegas, tengo bastante aprendida la forma, el color y los movimientos de esta rapaz en vuelo. Por fortuna, es esta un ave que, con la llegada del frío, deleita a menudo al visitante de la albufera con sus patrullas de caza y campeo.
Uno de los dos aguiluchos, de color achocolatado, viró hacia los canales de mi izquierda, mostrando su típico perfil rapaz. Sin embargo, la otra ave no acompañó a la primera y siguió su propia dirección de vuelo: se dirigió con vuelo firme y rectilíneo hacia donde yo estaba. En ese momento ya aguardaba yo el inminente giro brusco del pájaro que precedería a mi resignación de pajarero. El ave giraría y se alejaría de mí y se perdería lejos en el parque natural. Pero lo cierto es que mi sorpresa fue creciente a medida que la rapaz se encontraba prácticamente sobre mí. He de reconocer que, durante unas décimas de segundo, me llegó a asustar un poco su vuelo decidido, pues parecía como si viniese presta a atacarme.
De repente, lo vi muy claro: el aire nítido y la luz del sol de mediodía me permitieron verlo a la perfección. El color de su librea no era igual que el de un aguilucho. Su vuelo, de hecho, tampoco me resultaba familiar contemplado así, desde tan cerca. Su cabeza grande, demasiado para un aguilucho, así como su redondeada faz y dos grandes ojos amarillos terminaron por delatarla. El aguilucho que volaba hacia mí era, en realidad, una lechuza campestre, uno de los búhos ibéricos más difíciles de ver en el litoral mediterráneo.
No hace falta describir mucho la emoción que me invadió en ese momento. Había llegado uno de esos momentos tan anhelados por los que buscamos la emoción del descubrimiento en la naturaleza, con esa esperanza imperecedera de quien ha hecho de su vida una búsqueda constante del conocimiento de las criaturas vivas que nos rodean y que no se dejan ver fácilmente. Y esta era una criatura inesperada, sin duda alguna.
Mientras mi fiel bicicleta yacía, paciente, en la cuneta de la pequeña carretera por donde se volvía a casa, yo daba rienda suelta a mi estupor a la vez que, en parte apenado, observaba al gran búho alejarse para siempre en dirección al barranco, dándole las gracias por haberme regalado ese instante único, que sólo yo pude disfrutar, pues nadie más se encontraba allí en ese momento.
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